sábado, 7 de mayo de 2011

Día 59(30 de abril): En tren a Shanghai

A las cuatro y veinte de la mañana, la china de la recepción me fue a despertar al cuarto. Por suerte, había aprontado la valija y la mochila la noche anterior.

Me encontré con Nacho que increíblemente se había levantado en hora y salimos a las calles de Beijing. Nos tomamos el metro que abría a las cinco; cuando llegamos a las puertas, en ese mismo momento una mujer policía estaba corriendo las rejas.

No teníamos mucha idea de cómo funcionaba la estación (según me habían dicho la más grande de toda Asia), pero queríamos estar bien temprano para evitar problemas. Nos imaginábamos las masas de chinos avanzando, y nosotros totalmente despistados sin poder comunicarnos con nadie.

Sin embargo no tuvimos ningún problema. Muy temprano estábamos en la terminal, esperando que habilitaran el paso para hacer el check-in y entrar al tren.

El tren salía a las siete y cuarenta y siete, y poco después de las siete abrieron las puertas y pudimos entrar. Buscamos ser de los primeros, ya que éramos seatless(es decir no teníamos asiento asignado) y queríamos agarrar un buen lugar en el vagón para pasar las once horas que duraba el trayecto.

Nos tocó el vagón cuatro, y en una rápida ojeada pudimos ver que los mejores lugares estaban al final, detrás de los últimos asientos. Allí nos instalamos con nuestras valijas y mochilas.

Las primeras tres horas de recorrido pude dormitar un poco, escondido como un polizón. Me despertaba, me paraba y miraba para afuera. Luego volvía al piso. El paisaje era monótono y aburrido, edificios derruidos, otros en construcción, y fábricas; pequeños pueblos industriales al costado de las vías. Pensaba lo que sería vivir en ellos, y en el hastío que tendría.

Nacho, que había conseguido lugar tras las filas de tres asientos (las mías eran de dos) seguía durmiendo sin ningún problema ya que podía estirar todo el cuerpo.

Dejé la mochila en mi lugar y me fui a recorrer los otros vagones. Me encontré enseguida con el comedor, cuyos asientos estaban ocupados por otros seatless, que abundaban en los pasillos. Me acerqué a las camareras chinas que atendían y les dije que quería almorzar algo y que no tenía asiento. Se acercó a uno de los seatless y lo sacó volando. Fui a buscar mi mochila y por fin tenía asiento!

Lentamente, con total parsimonia (tampoco tenía hambre) fui comiendo mi porción de pollo con arroz, vegetales y huevo. Por momentos miraba a mi alrededor, y sentía que me miraban raro, como esperando que me vaya del asiento. Pero por nada del mundo me iba a ir de allí.

Me puse a leer y haciéndome el boludo, y comenzó a pasar el tiempo. Al rato cayó Nacho y pidió el almuerzo y consiguió un lugar allí. Yo me pedí un café. Y así fue pasando el rato, cada tanto ordenábamos una cerveza, una bolsa de pop, y nos dimos cuenta de que ya estábamos instaladísimos y nadie nos iba a mover de allí.

A continuación comentario nachesco sobre los seatless del tren.

Nacho: Ser un seatless en un tren es como ser un homeless en una ciudad. Sos un ser que estorba en el ambiente e indeseable para algunas personas. El seatless juega su papel de diferente manera según la persona. Algunos se aguantan estoicamente las diez horas parados como quien espera quince minutos el bondi. Otros, abren su banquito portátil (fabricado yo creo por seatless para seatless) y se plantan en el medio del corredor. Unos más, como nosotros buscan el primer rinconcito que se aparezca para echarse e intentar descansar. Y por último, están los seatless al alpiste, grupo en el cual también nos incluimos, que están a la espera del primer asiento que quede vacante o garronean inescrupulosamente asiento en el comedor (nosotros al menos compramos algo).

Chelo: Al fin y al cabo el tiempo se pasó más rápido de lo que nos habíamos imaginado, y el viaje no fue tan desagradable.

Cuando llegamos a la estación de Shanghai y salimos a la ciudad, nos topamos de golpe con una de las ciudades más pobladas y modernas del mundo. La velocidad con que la gente circulaba, los grandes edificios, los carteles luminosos y las pantallas gigantes nos impresionaron rápidamente.

Ante la falta de Juanchi, ninguno de los dos se había acordado de fijarse en Internet cómo hacíamos para llegar al hostel, una vez que estuviéramos en la estación. Vimos un Mc Dolnald´s enfrente y fuimos hasta él, pero no tenía wi-fi. Nos dijeron que sí había otra sucursal, a una cuadra de distancia. El otro problema era que mi netbook no tenía batería.

En el siguiente Mc Donald´s no tenían enchufe, así que tuve que salir disparando buscando un lugar, mientras que Nacho esperaba en las mesas. Por suerte, dentro del edifico del Mc Donald´s encontré un depósito, donde la pude enchufar luego de hacerle señas desesperadas al chino de turno.

Solucionado el problema de la batería, surgió el problema de que en el wi-fi de Mc Donald´s debías mandar un mensaje de tu celular para poder conectarte, pero mediante señas desesperadas convencí a la encargada que lo mandara desde su celular.

Y luego de todo esto pudimos averiguar la manera de llegar, que incluía un transbordo en el metro.

En el hostel, The Phoenix, nos encontramos rápidamente con Carlita, Laura, Chompi, Checha, Vicky y Guille. Dejamos las cosas, y con Carlita, Laura y Chompi salimos a dar una vuelta en la movida nocturna de la ciudad.

Bailamos un rato en una discoteca, y luego volvimos al hostel a dormir luego de un largo día.

Día 58(29 de abril): El mercado de las sedas

Casi todos los integrantes del grupo de viaje que estaban en el hostel, salieron temprano rumbo a Tiananmen y a la ciudad prohibida. Como yo ya había realizado la visita, decidí quedarme en el hostel descansando para recuperar fuerzas, ya que al otro día bien temprano, tendríamos el viaje en tren de once horas a Shanghai sin asiento. Con Nacho, que sí hacía el paseo, quedamos en encontrarnos a la una y media en las puertas a la izquierda de la ciudad prohibida, para ir al mercado de las sedas, para realizar alguna compra.

Ya sabía cómo manejarme en el metro, así que no tuve dificultades para llegar a la plaza. El sistema de metro en Beijing es muy bueno y permite llegar a casi cualquier parte de la ciudad en cuestión de minutos.

Intenté quedarme en el lugar donde le había indicado al Nacho, pero me di cuenta de que mis indicaciones no había sido del todo exactas, y entendí que probablemente no nos encontraríamos. De todas maneras, me dispuse a esperar en la entrada de la ciudad prohibida para ver si veía salir a alguien del grupo.

Con el mate de compañero, notaba las penetrantes miradas de todos los chinos que pasaban a mi lado. No había uno que no me mirara como si fuera una extraña atracción. Algunos miraban el mate con ojos curiosos. No había ningún occidental. Cientos, y miles, y decenas de miles de asiáticos, como hormigas volviendo al hormiguero.

Cuando me di cuenta de que no iba a ser posible encontrarme con nadie, comencé a buscar occidentales para poder preguntarles donde quedaba el mercado de las sedas, ya que me había confiado que iba a encontrar a alguien y no había averiguado donde quedaba. Como decía en una anterior entrada, la amplia mayoría de los chinos no entiende una palabra de inglés, pero lo peor de todo es que el lenguaje de las señas no funciona en absoluto. El otro problema que tenía era que no conocía la traducción de seda al inglés. Lo que tenía al menos, era el mapa de la ciudad.

Hasta que me encontré con dos occidentales que me supieron guiar al mercado, caminé sin rumbo. Finalmente era fácil llegar, sólo debía tomarme la línea uno del metro y bajarme luego de dos paradas.

El mercado de las sedas tiene seis pisos, y es el mercado más famoso y el más frecuentado por los extranjeros que visitan Beijing. Ropa, calzado, alfombras, adornos, artículos electrónicos; todo puedes encontrar, y todo debes regatear.

En la entrada al mismo, ya me encontré con tres integrantes del grupo de viaje. Estos en particular, no estaban en el mismo hostel que nosotros, pero me contaron que también otro grupo grande de compañeros se hospedaba con ellos. Me asesoré sobre los precios y sobre los artículos que se habían comprado, y luego entré al mercado.

El encuentro con estos compañeros, fue sólo el comienzo. Pareciera que a todos los integrantes de grupo se les hubiera ocurrido visitar el mercado de las sedas el mismo día y a la misma hora. A lo largo de los varios pisos, me iba cruzando con muchos compañeros que no veía desde que dejé Montevideo varios meses atrás.

En el mercado caminas por los pasillos y los vendedores te llaman, te tocan y te atosigan. Hay cosas muy buenas y baratas, pero debes pelear por el precio y no dejarte amedrentar por las caras y los gestos de ellos. Es toda una experiencia.

Por la noche cenamos un buffet para todos en el hostel, y me fui a acostar temprano, ya que de madrugada teníamos que ir a la terminal de trenes para viajar a Shanghai.

Día 57(28 de abril): La Gran Muralla China

A las siete y media la chica del hotel me fue a despertar, tal como habíamos acordado la noche anterior. Me di un baño rápido, me puse la gloriosa camiseta de Nacional, agarré la bandera de Uruguay y salí al lobby a juntarme con mis compañeros.

Salimos en dos camionetas, casi todos aún íbamos con la almohada en la cabeza. El guía chino comenzó a contarnos en inglés algunos datos de Beijing, mientras las camionetas se iban abriendo paso a través del congestionado tráfico de la capital.


Nuestra primera visita fue Dragon Lan Superior Jade, donde pudimos observar las grandiosas obras realizadas en jade. Luego de una introducción en las que vimos ciertas artesanías en jade y a los obreros tallando las piedras con instrumentos sofisticados, nos dejaron libres para que recorriéramos el sitio donde estaban las obras en exposición. Cada obra tenía una etiqueta con el precio, y todas las que realmente valían la pena por su perfección, tenían un costo inaccesible. Barcos, caballos, halcones, tortugas, guerreros, de una perfección y hermosura que admirarían los mismos dioses.

Nuestra segunda visita fueron las tumbas Ming, donde están enterrados trece emperadores de la dinastía Ming. El sitio también fue declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO.

La tercera, se llevaba todos los laureles y era la visita a la Gran Muralla China. Visitamos la segunda parte de la muralla. Lo primero que sorprende al llegar allí, es la callecita llena de puestos que sube la colina. Láminas, remeras, palos chinos, entre tantas cosas son ofrecidas a los clientes, a veces hasta con cierta violencia. El guía nos aclaró que siempre nos daban precios altísimos, que luego debíamos regatear para llegar a un buen precio. Nos dijo que en dos horas nos encontraríamos en el restaurante para almorzar.

Para subir a la gran muralla, teníamos dos opciones. La primera, era pagar sesenta yuanes y subir en aerosillas y bajar en tobogán, y la segunda era subir y bajar a pie sin realizar un gasto extra. La entrada para visitar la muralla estaba incluida en el precio que habíamos pagado cuando contratamos la excursión.

Así que con un grupo de compañeros, comenzamos a subir las largas escaleras, mientras otros, un tanto intimidados por la longitud de la ascensión, prefirieron hacer uso de las aerosillas. Para nosotros, que ya teníamos arriba el trekking de Abel Tasman, la subida al volcán Batur, y el trekking en la selva, fue muy fácil realizar el ascenso, y en alrededor de quince minutos ya estábamos pisando la gran muralla china.


La muralla, la única construcción humana que puede ser vista desde el espacio, se pierde entre las montañas lejanas en todas direcciones. Construida para evitar la invasión de los guerreros de Mongolia, con sus tres mil kilómetros de extensión, parece contradecir toda lógica, en su infinita extensión para quien viajara a pie.


 
Con Nacho y Carlos, otro compañero del grupo, nos planteamos llegar hasta en punto catorce, que se veía a lo lejos, en la cima de una montaña. Estábamos en el seis, y tomamos el camino que el guía dijo era el más difícil. Fuimos sacando fotos, parando a contemplar el paisaje, y comentando sobre los pintorescos venderos ambulantes, que tenían su puesto en cada recoveco de la muralla.

Dos horas después, intentamos bajar desde el puesto catorce, pero no había escalera desde allí, tal como pensábamos. Así que, rápidamente deshicimos el camino, a veces cortando por caminos de tierra al costado de la muralla, para llegar en hora al almuerzo.

Llegamos con tiempo de sobra para realizar alguna compra en el mercado.

El almuerzo fue un banquete. En dos mesas de once personas cada uno comimos arroz con todo tipo de preparaciones chinas, pasta, pollo, papas, verduras, con las salsas agridulces típicas chinas. Todas las preparaciones estaban sobre un vidrio giratorio, por lo que no había más que girar el vidrio y servirse en el plato.

Luego del banquete seguimos camino. El siguiente punto fue un comercio donde tenían un criadero de perlas. Abrieron una ostra delante de nosotros, en la cual había más de ocho perlas y luego pasamos al sector de venta de las mismas. Ya me estaba cansando el tema de que nos quisieran enchufar tantas cosas.

El último lugar fue una casa de té donde degustamos varias clases de té chinos, sentados en torno a una mesa. Algunos muy ricos. Y bueno, para terminar también nos quisieron enchufar el té y juegos de jarras.

Llegamos al hostel y me di un baño. Luego, algunos salimos a comer al barrio donde están los boliches. Alrededor de una enorme laguna, en la cual pasean varias góndolas, se alinean boliches y restaurantes de varios tipos. Comimos pizza y compartimos cerveza y no dio para mucho más, estábamos agotados de la excursión del día.

Con tres compañeros del grupo, dos chicas y un chico decidimos volver, así que fuimos a la avenida a buscar un taxi. Había comenzado a llover, y comenzamos a ponernos nerviosos porque en la amplia avenida nos encontramos con que muchísimas personas esperaban taxis. Para peor, los taxis no paran siempre, eligen si parar o no en función de si les gusta tu cara o no. Pasaban los minutos y cada vez llovía más, y nuestras esperanzas de encontrar un taxi rápido se iban desvaneciendo. Un hombre de particular paró su auto y nos ofreció llevarnos por cien yuanes. Una locura, habíamos ido por diez yuanes. Cuando pensábamos que se nos iba a complicar muchísimo(o simplemente intentábamos no pensar) un taxi paró y nos ofreció llevarnos por veinte yuanes. Aceptamos sin dudarlo, y a los diez minutos estábamos en el Lama Temple, a cuadra y media del hostel.

En el camino vimos una cantidad impresionante de gente que estaba en nuestra situación de minutos antes, buscando un taxi bajo la lluvia. 

Día 56(27 de abril): Beijing

En la habitación que compartía con Nacho y con seis desconocidos, dormía en una cucheta en la cama de abajo. En la de arriba, dormía Nacho. Cuando me desperté lo llamé, pero no me respondía. Pensé que seguía durmiendo. Cuando fui hasta el baño y miré hacia donde debía estar, nadie estaba allí.

Así que me preparé un mate y salí del cuarto para ver si lo encontraba con el resto de los uruguayos. Habíamos quedado que en la mañana iríamos hasta la estación de tren donde reservaríamos pasajes para irnos a Shanghai el 30.

Encontré al resto de los uruguayos en el bar del segundo piso, desayunando, pero Nacho no estaba. Como ellos pensaban ir al zoológico y otros paseos que no estaban entre los más importantes ya que iban a estar más días que yo en Beijing, y esperarían a otra tanda que llegaba al otro día para hacer los más importantes, me quedé un rato esperando a Nacho.

A la media hora, sin noticias del él, salí rumbo a Tiananmen y a la ciudad prohibida. La plaza de Tiananmen, fue construida cuando la creación de la República Popular China en 1949, para desarrollar actos políticos masivos, como los que se realizaban en la Plaza Roja de Moscú. Tanto la plaza como la ciudad prohibida, atraen muchísimos turistas; en especial turistas chinos, que la ven como un símbolo de su nuevo país.

Cuando estaba llegando a la plaza, luego de haberme tomado un taxi que me arrimara allí (soy muy malo con los mapas y preferí pagar un poco más, antes de meterme en el subte y gastar menos), una china me tocó el brazo y me contó que era estudiante de arte, y me invitó a visitar la exposición. Acepté, ya que no tenía apuro ninguno. En la exposición, pude ver pinturas en varios materiales muy bonitas, pero lo que más me llamo la atención es la simbología existente en cada uno de los animales, en cada una de las flores, en cada uno de los colores. Absolutamente todo simboliza algo. Los símbolos de la felicidad, de la familia, del poder son muy recurrentes, así como los símbolos que representan al hombre y a la mujer, el día y la noche, en fin, la dualidad.

Como no quise comprar nada, continué camino hacia la plaza. Me mareaba un poco la cantidad impresionante de gente que pasaba, se veían algunos occidentales, pero una amplia mayoría, una mayoría contundente, eran chinos. Previamente, no me había informado correctamente sobre la mejor manera de recorrer Tiananmen y la ciudad prohibida, por lo que caminé un poco perdido entre la gente, mirando las altas paredes, las amplias escalinatas. Todo es de color rojo y amarillo. Al otro día, aprenderíamos que el color rojo significa el poder, y el color amarillo lo imperial.  

La ciudad prohibida se ha convertido hoy en día en el Palacio Museo. Es un enorme complejo de 980 edificios y 7.107 habitaciones. Ocupa una superficie de 720.000 metros cuadrados. Fue declarado patrimonio histórico de la humanidad en 1987 por la UNESCO, y la cantidad de objetos de arte que allí se encuentran es impactante. Podemos encontrar, por ejemplo, esculturas, adornos, vasijas de cerámica, vestimenta, del año 600.

Compré el ticket por sesenta yuanes (ciento ochenta pesos uruguayos) y luego de rechazar varias ofertas para hacerme de guía por parte de varios chinos, entré a la ciudad prohibida.

Dentro, se respira un aire de solemnidad y se siente el peso del pasado, de los tantísimos años transcurridos, de las santísimas historias que sucedieron allí.

En la ciudad prohibida, vivían los emperadores, junto a sus esposas y a sus concubinas. Se comenzó a construir en el año 1402, y albergó a varías dinastías. Habría que realizar un profundo estudio sobre la historia de China para poder entender un poco sobre estas dinastías, y sobre los diferentes emperadores, y sobre la manera en que gobernaban, y sobre las diferentes fechas de celebraciones, con rituales muy rigurosos. En aquellos tiempos, las personas comunes no podían acercarse a los emperadores y a los sitios en que éstos vivían.

Una vez dentro de la ciudad prohibida, alquilé una guía automática en español por cuarenta yuanes. Consistía en un aparato con un mapa conectado a un audífono. A medida que atravesabas los diferentes lugares de interés, te iban relatando que significaban y a veces narraban alguna historia interesante. En el mapa, los lugares que no habías visitado tenían una luz roja, y a medida que los ibas visitando, esa luz se apagaba, por lo que en todo momento sabías que te faltaba por visitar.

Luego de recorrer la ciudad prohibida por alrededor de tres horas, salí de ella, y me dispuse volver al hostel. Me subí a una moto que tenía un asiento detrás, previo arreglo con el conductor de la suma de treinta yuanes. En el camino, le pedí al conductor que me llevara de pasada a algún lugar de artículos electrónicos barato, para poder ver los precios. No me gustó nada, así que seguí para el hostel. Cuando me bajé de la moto, el chino (grande, alto y gordo), me rechazó los treinta yuanes que le tendía con la mano, y me dijo que no eran treinta yuanes, sino treinta dólares. Le dije que no, que de ninguna manera, que ese no era el precio arreglado. Se enojaba, ponía cara de malo, y levantaba las manos. Comencé a ponerme nervioso, pero tampoco acepté su “reducción” del precio a cincuenta yuanes. Le dije que si no agarraba los treinta yuanes, me iba, y comencé a caminar. Finalmente, los aceptó, pero para ser sincero mi corazón galopaba violentamente dentro de mi pecho.

Al llegar a la cuadra del hostel, vi a lo lejos al Nacho, que estaba alquilando una bicicleta. Cuando me vio llegar, canceló el alquiler, y salimos rumbo a la estación de trenes para poder comprar el pasaje a Shanghai. Nacho me contó que en la noche, no soportó los ronquidos de un compañero de cuarto y fue hasta recepción para que lo cambiaran de cuarto, por eso no lo había encontrado a la mañana.

Fuimos en metro, y si no fuera por un extranjero que vivía en China que tuvimos la suerte de encontrar, no hubiéramos entendido como funcionaba éste. Una vez que lo hubimos hecho, no tuvimos problemas para manejarnos dentro. Con la suma de dos yuanes, podés hacer todos los transbordos que quieras. Es muy barato.

En la primera estación de trenes a la que fuimos, los pasajes para la fecha que queríamos estaban agotados. Todo estaba en chino, y nadie hablaba inglés. Ni siquiera el lenguaje de señas, tan universal que lo considerábamos, nos daba resultado. Parecía que estuviéramos en otro planeta, y fuéramos incapaces de comunicarnos con el resto de los habitantes. Nos empezamos a poner un poco nerviosos, ya que teníamos todas las fichas puestas en este tren.

Al final, un policía, que al menos sabía alguna palabra en inglés, nos indicó que, si bien los pasajes a Shaghai, desde esta estación estaban agotados, podíamos comprar otro en otra estación, en otra línea.

Así que de vuelta al subte, de vuelta a los transbordos. En la próxima estación tuvimos un poco más de suerte. Pero no mucha, y paso a explicar el porqué.

La estación en sí, era mucho más moderna y amigable con el extranjero. Letreros en inglés indicaban las direcciones. Cuando un chino nos explicó que los pasajes los podíamos comprar en unas máquinas electrónicas, hacia allí fuimos, pero no pudimos conseguir los lugares que queríamos. No tuvimos más remedio que comprar un pasaje sin asiento. Pensábamos viajar en tren de noche, acostados en una cama, y ahora estábamos obligados a viajar de día, durante once horas, parados. Sería muy cansador, pero la opción del vuelo era muy cara.

Por lo menos teníamos el pasaje en la mano, y de alguna manera, pasaríamos esas once difíciles once horas.

Cuando llegamos al hostel, comenzaron a llegar más y más uruguayos del grupo de viaje, y cuando quisimos acordar éramos cerca de veinte tomando cerveza y comiendo algo en el bar de arriba, y contando las historias de cada uno en los distintos países en los que hemos tenido la suerte de visitar. Me emociona ver a mis compañeros del grupo disfrutando tanto de cumplir este sueño para el que tanto hemos luchado. Luego de verlos tanto tiempo en Uruguay, participando de las asambleas, trabajando en las comisiones, y anticipando con ansiedad y esperanza este viaje en los eventos hoy tenemos el gusto de re encontrarnos en estas tierras tan lejanas como son las de China.

Contratamos una excursión para visitar la muralla China junto con otros lugares de interés, así que al otro día, veintidós uruguayos integrantes del Grupo de Viaje de Ciencias Económicas 2011, pisarían por primera vez en sus vidas la gran muralla China