jueves, 14 de abril de 2011

Día 43(14 de abril): Cuevas Batu y Museo de arte islámico

Pasado el mediodía, partimos en autobús hacia las cuevas de Batu, ubicadas trece kilómetros al norte de Kuala Lumpur, en el distrito de Gombak. Estas cuevas y cavernas, toman el nombre del río que fluye por la colina, llamado Sugai Batu Batu.

Las cuevas se transformaron en populares santuarios hindúes, especialmente la mayor, llamada Cueva Catedral o Templo Cueva, y que tiene cien metros de alto. Para llegar a ella debimos subir doscientos setenta y dos escalones. En la escalera y por todo alrededor está lleno de monos. En la entrada a las cuevas, antes de comenzar a subir por los escalones, se encuentra una de las estatuas más altas del mundo, la estatua de Lord Murugua, inaugurada en el año 2006. Una vez arriba pudimos observar los diferentes santuarios hindúes, con figuras ornamentadas, así como observar las altísimas paredes de la cueva y adentrarnos a varias secciones de ella. Además de la principal, había otras cuevas para recorrer, pero te cobraban así que preferimos volver a la ciudad para ir al Museo de Artes Islámicas.

Nos tomamos otro autobús y volvimos a la ciudad, y una vez allí y ayudados con el mapa, buscamos el museo. La idea de ir al museo surgió al consultar TripAdvisor sobre las actividades más recomendadas en Kuala Lumpur. Lideraba al ranking, así que decidimos ir a visitarlo y así ponernos más al corriente sobre la cultura islámica, y disfrutar con algo más de conocimiento, la visita a los países musulmanes.

Previo pago del equivalente a dos dólares americanos entramos al museo. Está dividido en varias secciones. En la primera, se aprende sobre la arquitectura islámica, con maquetas de las principales mesquitas de todo el mundo. Desde mesquitas en Tailandia, hasta la gran Mecca en Arabia Saudita, pasando por mesquitas en China, Uzbekistán y muchísimos países. Cada maqueta tiene su cuadro de información con la fecha de construcción y varios datos de interés.

En la segunda sección, pudimos ver libros del Corán de diferentes épocas, algunos muy antiguos, y además todos los instrumentos que utilizaban para realizar la escritura.

En las otras secciones, pudimos ver vestimentas, alfombras, armas, monedas. Todo muy completo con datos muy interesantes. También una sección del museo ofrece al visitante toda la evolución de los países con cultura islámica y los principales sucesos que fueron cambiando su historia a través de los siglos. Y en la sección final, los avances en ciencia producidos por hombres de países islámicos.

Salimos del museo satisfechos con la visita y volvimos al hostel. Teníamos muy poco tiempo para dormir, ya que a las tres y media de la mañana debíamos levantarnos e ir a tomar el Shuttle que nos llevaría al aeropuerto, donde tomaríamos el vuelo a Manila, Filipinas de las siete y venticinco de la mañana.

Día 42(13 de abril): Kuala Lumpur

Alrededor de las cinco de la mañana, estábamos levantados y con el equipaje pronto para dejar Indonesia y seguir rumbo a Kuala Lumpur, Malasia.

El vuelo por Air Asia fue muy corto, de menos de una hora. Una vez que hicimos los trámites, recogimos nuestro equipaje y salimos de aeropuerto, nos tomamos un ómnibus para la ciudad.

Kuala Lumpur es una ciudad de dos millones de personas. La presencia de extranjeros es muy fuerte, no sólo de turistas, sino del mundo de los negocios. Es fácil comunicarse en inglés, ya que casi todos lo hablan, al menos de forma básica. Es una ciudad muy moderna y desarrollada, con un importante crecimiento económico en los últimos años. El sector de los servicios es el que tiene a más empleados en la ciudad. La religión principal es la musulmana, si bien hay un fuerte presencia del hinduismo.

Nos alojamos en Backpacker´s Travellers Inn, un hostel muy barato en el barrio chino. La ubicación es muy buena, ya que el barrio está muy bien, y accedés a todos los servicios de manera rápida. Sorteamos a quien le tocaba el cuarto privado para tres, y con Juanchi perdimos y tuvimos que ir al comunitario, aunque dejamos las mochilas y las valijas en el cuarto de los chiquilines.

Lo primero que uno quiere hacer ni bien llega a Kuala Lumpur, es ir a conocer las Torres Petronas, las torres gemelas más altas del mundo, y hasta hace poco los edificios más grandes del mundo. El símbolo de Kuala Lumpur. Son torres de más de cuatrocientos cincuenta metros de alto, llenos de oficinas de empresas multinacionales, y con un gran centro comercial en la base.

Así que eso fue lo que hicimos, y para llegar allí nos tomamos el ferrocarril aéreo. Nos bajamos en la parada más cercana a las torres, y comenzamos a caminar por la ciudad. Es muy limpia y el tráfico, por fin, es ordenado.

Cuando llegamos a las torres, la altura de las mismas nos dejó sin aliento. Debías mirarlas desde lejos, ya que de cerca te dolía el cuello de estirarlo tanto para atrás. Sacamos las fotos obligadas, y entramos al centro comercial. Luego intentamos subir al piso superior, o al  menos al puente que conecta las torres, pero los tickets estaban agotados por ese día.

Seguimos caminando por la ciudad, con rumbo a la Menala Kuala Lumpur Tower, la segunda torre de telecomunicaciones más alta del mundo.

A esa altura eran más de las cinco de la tarde, y queríamos sentarnos a comer algo y a refrescarnos con alguna bebida. Cerca de las torres Petronas, cuando caminábamos hacia la Menala Kuala Lumpur Tower vimos una serie de bares y clubes que parecían estar bien para descansar un rato.

Topamos con uno que nos ofrecían algo que no podíamos creer. Desde las seis de la tarde hasta las ocho, canilla libre de cerveza y de whisky y comida gratis. Además, había una piscina de goma en la que podíamos bañarnos.

Nacho se había ido, porque quería comprar un reproductor de música así que se perdió de lo que fue un banquete.

Un cordero se hacía a las brasas, y varias mesas con arroz, camarones, pollo frito, pizza, arrollados primavera, y otros manjares aguardaban que dieran las seis. Hicimos tiempo jugando unos pooles y cuando dieron las seis y arrancó la fiesta, ya estábamos en las barras pidiendo la primera cerveza. Nos partimos la boca y bebimos lo suficiente para hacernos un agujero en la billetera si hubiéramos tenido que pagar. Es que en todos los países en que hemos estado el alcohol es carísimo.

Una banda en vivo comenzó a tocar, y nos colgamos un rato con su música.

Salimos del boliche a eso de las ocho y media, y fuimos a ver las torres Petronas en la noche, y fue de lo más increíble que he visto en todo el viaje. Nos acostamos en el piso, para no tener que esforzar el cuello y nos quedamos casi una hora contemplando la visión de las torres, que es de fantasía.

Las fotos hablan por sí mismas. 

Día 41(12 de abril): Despertar en la selva

Despertarse en el medio de la selva es una experiencia increíble. No hay palabras para describir lo que se siente realmente e intentarlo sería en vano. Hay que vivirlo, y sentirlo.
También aclaro por las dudas, que la experiencia tiene su lado desagradable y más fácil de describir, que es el cansancio y el dolor en los huesos por haber dormido en mala posición, y tener los músculos pesados y contracturados. Esto lo agrego para que el relato sea completo, en la vida casi nada es perfecto. Pero como experiencia y como recuerdo a atesorar todo fue perfecto.


Aquí aporta Nacho con la descripción de nuestros guías:

Nacho: Comencemos con el más tímido, el hermano de Obiwan, llamado Willpan a quien rápidamente apodamos niño de la selva. Un tipo muy callado pero amable y cordial, a quien le gustaba sacar fotos y que por ende le hice la cabeza para que le diga a Obi, que le compre una. Se pasaba observando y mutando. No fue de gran aporte.

Ahora pasemos a las figuras descollantes. Qcumber era el guía principal en el trekking, nos iba mostrando y explicando, todo los tipos de alimañas que encontrábamos a nuestro paso, animando las paradas con jocosas historias. En la noche, demostró ser un gran showman al enseñar sus habilidades en lo que él llamaba: Voodoo magic. Como estamos para los apodos, a él le toco el de Charoná por su gran parecido físico con el gran charrúa. Era un reflejo, del auténtico habitante de Bukit Lawang, un gran valor.
Por último, la mayor baraja, Ahmad Ray, alias Ronaldo por su parecido con el gran goleador brasileño. Era el polifuncional del equipo. El tipo te hacía un banquete (creo que nunca vi a nadie que disfrutara tanto de cocinar sobre un fuego), complementaba el show de Qcumber, te armaba una balza con gomas de tractor y cuerdas, y hasta se sacaba el ojo por plata, pero nunca llegamos a comprobarlo por que no llegamos a un acuerdo monetario. Un grande el gordo, su gran y repetiva frase: Are you sur?


Chelo: Desayunamos y fuimos a una cascada cercana. Estaba del otro lado del río, por lo que tuvimos que atravesar nadando los rápidos. Nos bañamos en ella y nos sentamos un rato en las rocas antes de volver al campamento.

El día había comenzado espléndido pero ya se oían algunos truenos, así que debíamos apurarnos, ya que para volver a la aldea, debíamos hacerlo en gomas de tractor infladas y atadas entre sí, por los rápidos del río. Si el río se ponía como el día anterior, y las aguas se llenaban de barro y se endiablaban, se podía complicar el retorno, y allí quien sabe si nos debíamos quedar otra noche, esta vez sin alimento,  y nos perdíamos el vuelo a Kuala Lumpur, o si nos animábamos a lanzarnos en los gomones con el río embravecido.

El cocinero, que también era mago, amante de los juegos de ingenio, boy scout, marinero y capitán de los gomones, preparó estos últimos rápidamente, y guardó nuestras mochilas en grandes bolsas de plástico, para que no se mojaran. La lluvia había comenzado con mucha fuerza, e iba a seguir lloviendo varias horas. Antes de subir a los gomones estábamos completamente empapados. 

El rafting fue otra gran experiencia. Casi media hora avanzando por los rápidos, que dirigía el cocinero, Ahmad Ray, alias Ronaldo, con la ayuda de un largo palo de madera, con el que evitaba que los gomones se dieran contra las rocas y lograba que tomaran la dirección indicada. En el último gomón, Qcumber hacía lo suyo también con otro palo.Muy, pero muy divertido.

Media hora después llegábamos a la aldea, con la adrenalina al mango, y deseando descansar el cuerpito en algo blandito. Así que fuimos al bar de Obiwan, quien nos estaba esperando, ya que habíamos guardado el equipaje en su casa. Almorzamos empanadas de vegetales con queso.

Ya se nos hacía tarde, porque teníamos que volver a Medan antes de que anocheciera para buscar hospedaje por esa noche. Así que nos despedimos de nuestros guías y partimos hacia Medan en una van que nos estaba esperando.

Sobre Medan, no hay mucho que decir, es una ciudad fea y mugrienta, sin ningún atractivo. Sólo nos conectamos a Internet, cenamos y dormimos.

Día 40(11 de abril): Trekking en la selva de Sumatra

Algunas nubes cubrían el cielo, pero en general estaba despejado así que no tendríamos problemas para realizar el trekking en la selva. Finalmente, Obiwan no nos acompañó, ya que tenía problemas en la espalda y terminamos yendo con su hermano, igualito al protagonista de “The Jungle Book” y con Qcumber, otro indonés chiquitito.

Salimos muy temprano, cruzamos el río en canoa, y entramos a la selva. El camino subía la colina entre grandes árboles y plantas tropicales, y ya comenzamos a impregnarnos de sensaciones. La humedad, el aroma a tierra y vegetación, el barro, los colores vivos, los sonidos de los animales y de los insectos. Siempre, Qcumber delante, nosotros en el medio, y el hermano de Obiwan por último.

Llegamos a una explanada desde la cual pudimos ver cómo alimentaban a un orangután. Estos animales, que podrán ver en fotos, son grandes monos de pelaje rojo, que utilizan el peso de su cuerpo para moverse entre los árboles. Desde donde estábamos podíamos ver cómo uno de ellos, colgado de una rama, recibía bananas por parte de uno de los cuidadores del parque. Pero también veíamos que todo a nuestro alrededor estaba en movimiento. Las hojas y las ramas de los árboles se movían, después de que los monos pasaran entre ellas.

Luego continuamos el camino, que seguía subiendo la colina. Pudimos ver hormigas enormes, del tamaño de dos falanges.La selva se cerraba sobre nosotros, y apenas nos llegaba la luz del sol. El suelo estaba húmedo y lleno de hojas muertas, teníamos que tener cuidado a cada paso de no resbalar, ya que el diluvio de la noche anterior había dejado mucho barro tras su paso. Íbamos avanzando lentamente, ayudándonos de ramas, troncos, plantas, lianas y raíces.

En un alto del camino, nos esperaba el punky monkey, de pelaje blanco y negro, con una cresta en su cabeza. Estaba sentado cómodamente, entre unas ramas bajas, como quien se sienta en el living de su casa. Nos miraba atentamente, pero muy tranquilo. Sacamos varias fotos y seguimos caminando.

Al rato paramos a comer frutas, mandarinas, bananas y una fruta extraña de color negro cuyo nombre no recuerdo. Y seguimos avanzando, subiendo y bajando las colinas a un ritmo constante. El sonido de la selva, y su paisaje  primitivo te hipnotizan suavemente, y uno puede atisbar cierto recuerdo en lo más profundo de su ser, como si un instinto primario asomara a la luz. El cuerpo y la mente se van adaptando a este hábitat, como si lo reconocieran como parte de un pasado antiguo, enterrado en lo más profundo de nuestra genética.

Hicimos varios altos en el camino. Como cuando vimos un orangután en un árbol alto, como cuando vimos varios monitos que saltaban de rama en rama. Al pasar por encima de nosotros quebraron una rama que cayó a pocos metros de Nacho. También nos detuvimos cuando vimos una cigarra grande y azul que inflaba su lomo con cada chillido o como quiera se llame el ruido que hacía. El ruido de estas cigarras se escucha constantemente, pero se ve que no se ven tan fácil, ya que incluso los guías le sacaron una foto.

Cuando estábamos un poco cansados,  nos detuvimos en una cañada. Qcumber sacó de su mochila unas bolsas y repartió el almuerzo en hojas de carton. Arroz con varios condimentos y verduras, un omellete, tomate y pepino, fue el almuerzo que engullimos con voracidad, ayudados sólo con las manos, ya que en la selva no hay cubiertos. De postre, el ananá más sabroso y jugoso que probé en mi vida. Llenos, descansamos un rato sentados en las rocas, remojando los pies en el agua fresca.

Luego retomamos el camino, que cada vez se hacía más difícil, y el cansancio se sentía más, sobre todo cuando subíamos. Y claro, la selva se extendía interminablemente, en todas las direcciones, absoluta, severa y eterna.

Cuando estábamos muy cansados, luego de más de seis horas de haber partido y dejado la “civilización”, escuchamos el río correr muy cerca de nosotros. Sabíamos que estábamos llegando. Y en seguida, a la vuelta del camino, apareció ante nosotros el campamento.

A primera vista, un gordo indonés cocinaba a la sombra de un toldo que se sostenía por ramas. A su alrededor, varios recipientes con verduras, pollo e ingredientes para la cena. Lo secundaba su ayudante que recibía las órdenes y las cumplía rápidamente.Un poco más atrás y a la izquierda, la carpa donde dormiríamos, varios toldos sostenidos con ramas fijas, y colchonetas de goma eva. El río corría rápidamente  un poco más allá y golpeaba contra las piedras estruendosamente. Y selva y más selva por doquier, casi como una presencia.

Dejamos las mochilas y nos dimos un baño en el río. El agua fresca era revitalizante, pero había que tener cuidado ya que la corriente era muy fuerte. Tomamos café, comimos algo, descansamos y conversamos un rato. Ya anochecía, y con el anochecer también venía la lluvia. El río cargado del agua de la lluvia y de barro comenzó a crecer rápidamente y a tomar un color marrón oscuro. Con el río así era imposible hasta acercarse. Las rocas donde habíamos estado minutos atrás habían desaparecido.

Nos guarecimos en nuestra carpa y esperamos a que estuviera la cena. El gordo indonés había estado cocinando por horas, así que teníamos muchas expectativas puestas en ella. Qcumber empezó a traer los recipientes, cada uno con una preparación para ponerle al arroz, que abundaba en una fuente. Y así fue que cenamos en la selva de Sumatra, junto a tres indoneses, cubriéndonos de la lluvia en nuestra carpa, a la luz de las velas y con un fogón encendido a pocos metros, mientras la vida en la selva continuaba a nuestro alrededor, ajena a nuestra presencia.

Cuando terminamos comenzó el show del cocinero y Qcumber. Comenzaron a hacer trucos con las cartas (muy malos magos por cierto) y plantearon muy interesantes juegos de ingenio.

Lo peor del trekking fue intentar dormir, en esas colchonetas de dos centímetros sobre el suelo rocoso del campamento. Sin almohada y nada para cubrirse, cada posición resultaba más incómoda que la otra, por lo que la noche fue una carrera por dormirse antes de que los músculos y los huesos se quejaran por la posición y tuvieras que acomodarte de otra manera En realidad, sólo pude dormitar, y desear que se hiciera el día lo más pronto posible. Pensaba cómo sería despertar en plena jungla, luego de haber pasado la noche en ella.